viernes 16 de octubre de 2009

QUE LA CHUPEN !!!



Alcanza con revisar los archivos de TVR para darse cuenta de la miserabilidad de la gran mayoría de los periodistas deportivos argentinos.

Niembro diciendo que Verón ha cumplido un ciclo, Niembro diciendo que Verón a su edad es una figura mundial.  Elio Rossi diciendo que Bielsa no sabe nada de fútbol, Elio Rossi diciendo que Bielsa es un señor y un sabio. El golpeador de mujeres Mariano Closs diciendo que Ruggeri tiene que ser el DT de la selección, el golpeador de mujeres Mariano Closs diciendo que para qué Ruggeri si hay otros mejores y de más experiencia.

Si esta condición de miserables se agotara en lo futbolístico, ya sería difícil de digerir, pero al extenderse a otros ámbitos, se torna aún más intolerable.

Los Fernando Niembro, Mariano Closs y muchos otros personajes que denigran a diario la profesión, inescrupulosos hasta provocar el vómito, no son serviles gratuitamente  a los dictados de sus amos de turno. Botones de sus propios compañeros, a muchos de los cuales hicieron echar de sus trabajos, sostienen una carrera basada en la mala leche.

En ese marco, uno de los papeles más indignos de la desinformación  y la mentira es el del ex candidato presidencial Carlos Salvador Bilardo, que ha cambiado los alfileres de sus años de jugador, por maniobras no menos arteras y tramposas para llevar agua hacia los molinos que le dan de comer desde hace tiempo.

Todos ellos viven de la mala leche; de la mala leche direccionada y grosera hacia quienes no son afines a los caprichos mediáticos de sus patrones. Bianchi no sirve porque se planta y no da notas exclusivas, Bielsa no sirve por insobornable e inmanejable, Diego no sirve porque se pronuncia a favor de la nueva Ley de Medios y de la intervención del estado en la televisación del fútbol, y encima se declara amigo de Chávez y su revolución bolivariana.

La selección argentina no jugó contra Uruguay y Perú, peor de lo que lo venía haciendo en partido anteriores, lo que cambió en estos tiempos es el humor de los multimedios. Curiosamente, la saña contra los jugadores y el cuerpo técnico se incrementó inexplicablemente, justo en los últimos dos partidos, en los que el equipo ganó y clasificó a Sudáfrica. Los comentarios del Pollo Vignolo y Macaya Márquez no dejaban dudas de cual era su posición desde el minuto cero del partido; justo Macaya, que al mejor estilo De la Rúa, se las ingenió para sobrevivir cuarenta años en lo suyo sin jugarse jamás, ni siquiera para opinar sobre si un penal estuvo mal cobrado o no.

El “que la chupen” de Maradona, puede sonar chocante, pero es genuino y justiciero. Dejando a un costado el análisis sobre el juego en sí mismo, expresiones como “Pasman vos también la tenés adentro” vienen a sacar la careta e un periodismo rastrero, funcional a sus patrones y carente de opinión propia. Son en el fútbol, lo que son Silvestre y Bonelli, Nelson Castro y Lorena Maciel en otros terrenos de la comunicación desinformativa.

Que la chupen!!!
Que la chupen T y C y  Fox Sport, que la chupe Niembro y Closs, que la chupe el Negro González Oro y el perrito faldero de Elio Rosi, que la chupe Macaya y que la chupe Clarín. 
Como aquel cachetazo en vivo de una vecina de Palermo a Aíto de la Rúa, como la basureada mediática de Norma Plá al corrupto y vendepatria de Domingo Cavallo, como la celebrada piña del turco Samid a Mauro Viale, el ¡Que la chupen! De Maradona, viene dejarnos un pequeño gustito a justicia popular.

Otro día hablamos de fútbol, pero ahora ¡QUE LA CHUPEN!




miércoles 14 de octubre de 2009

Morirse ya no es tan caro, señora...

Después de estar durante un par de horas sumergido en el tránsito del centro, volvía manejando casi de memoria por Avenida Belgrano hacia el sur, en Avellaneda.
La vuelta siempre tiene riesgos extra, porque uno pone el piloto automático y casi que maneja sin mirar. Con los reflejos adquiridos después de varios años de circulación en la jungla, somos una especie de perros de Pavlov avanzando a la velocidad que la marea nos impone.
Sin embargo, a veces, algo nos despierta de repente y nos saca de golpe de la monotonía del paisaje. Ese vaso de agua en la cara fue hoy el cartel azul con letras blancas que surgió de la vereda derecha como una aparición: “Velatorios por $ 1.000, incluye azafata. Cremación bonificada”.

Ese letrero me alegró la tarde!
La muerte, el culto a los muertos, las ceremonias mortuorias, son preciados objetos de estudio de sociólogos, antropólogos e historiadores, que intentan profundizar en el análisis de las sociedades, y aquí tenemos entonces, una muestra cabal de cuanto hemos avanzado en este camino evolutivo que ha emprendido nuestra especie hace algunos añitos.
Logramos que en un proceso gradual y paulatino, la muerte, con toda su carga emocional y social, se instale en los carteles de ofertas con la misma solemnidad de un Mc Combo. Y no está mal.
Cremación bonificada es una frase feliz, digna, brillante. Quien la escribió, debería ocupar un lugar destacado entre los creativos publicitarios, y tal vez lo tenga, ya que no conozco al autor. Es decirles a los deudos: dale cremado que total es gratis. Sólo faltó agregar: los fósforos los ponemos nosotros.

A partir de la frase, audaz y contundente, vendrán seguramente propuestas superadoras:

- Con dos cremaciones la tercera es gratis.
- Cremate con nosotros !! Horno a leña atendido por sus dueños. Temperatura constante
- Revise sus cenizas ! Si encuentra la tarjeta dorada de “Cochería del Sur” se gana  un entierro gratis.
- Antes de cremar, consultanos! Mejoramos cualquier oferta
- Plan canje: con su cajón usado, bonificamos el 50% de nuestros nuevos modelos.

La lista podría ser interminable, y a cada campaña sucedería otra, como siempre ha ocurrido en este capitalismo nuestro.
Al fin y al cabo, entre vender la muerte y una Coca Cola, sólo cambia el producto…
Y eso, como decía alguien... es beio, muuuuuyyy beio !!!


lunes 21 de septiembre de 2009

PRIMAVERA

La primavera se ve en las calles: en los colores de las vidrieras; en las risas de las niñas que se balancean felices por las veredas de Buenos Aires, como pájaros salvajes en celo; en el paso relajado de los hombres de traje y maletín que cruzan la Avenida 9 de Julio escuchando La Mosca en su MP3 que hasta ayer sólo estaba cargado con Joaquín Sabina y Arjona.

La primavera cambia los estados de ánimo;  predispone a la amabilidad al cajero del Banco Patagonia ventanilla dos hasta extremos inauditos; relaja el rostro anguloso del kiosquero de Belgrano y Berutti y afloja los elásticos de la ropa interior de la promotora de Pan Bimbo en el Carrefour de Pavón.

La primavera nos viste de fiesta y nos lava la cara por los próximos trescientos sesenta y cuatro días; nos invade con sus olores a hierba fresca, flores silvestres y caca de perro. La primavera explota como sólo Vivaldi puede contarlo, y se mete en la piel y los huesos de cada habitante de esta ciudad de acero y cemento.

Por eso es que la primavera me rompe las pelotas.
Me repugna, me indigna, me produce un dolor en el pecho que recién va suavizándose en diciembre y no termina de irse hasta las primeras tormentas de fines de marzo. Me parece una estación idiota, que sólo a un trastornado mental  se le pudiera haber ocurrido crear si abonamos al creacionismo, o una desviación impropia de un planeta de tan impresionante historia físico-química si nos inclinamos por una explicación más científica del mundo.

La primavera es aborrecible. Molestas partículas de polen que dejan las narices como canillas de moco, el júbilo de hormigas, cucarachas, pulgas y ladillas que celebran la supervivencia a otro invierno y se preparan para invadir canastas de sanguches, bolsas abiertas de galletitas Don Satur, perros lanosos y vellos púbicos imprudentes y libertinos.

Como una catarata de virus y bacterias, la primavera se desencadena irremediablemente sobre los organismos sumisos de los terráqueos que como una verdadera masa descerebrada, la celebra con bríos dignos de otras causas.

Para la primavera no hay remedio, pero afortunadamente tenemos a Crónica TV alzando las banderas rojiblancas y alentando a resistir: el otoño está a la vuelta de la esquina...


martes 21 de julio de 2009

Vittorio De Montecello, una luz que no han podido apagar.

Cuando algunos años atrás tomé para mí la dura y bella tarea de inmiscuirme en el intrincado mundo de las letras, encontré en Vittorio De Montecello uno de los más cálidos alicientes para que mi carrera universitaria no se hiciera cuesta arriba.

Vittorio fue un filósofo florentino del siglo XIX que retomó con clase y convicción los elementos paradigmáticos del pensamiento renacentista, llevando hasta extremos impensados su afán vindicador.

Sin embargo, su obra, metódica y apasionada, fue silenciada por los poderes de turno con el rencor propio de quienes sienten la daga justiciera del arte atravesar sus anquilosados cerebros. Cuando parecía que el reinado de internet haría caer las eternas barreras censoras que se descargaron desde siempre sobre su obra y aún sobre su propia vida, las múltiples acciones emprendidas por sus descendientes lograron eliminar parcialmente su nombre de los buscadores. Aún así, algunos seguidores han burlado el cepo informático y su biografía puede verse bajo distintos anagramas y seudónimos alternativos.

Veamos pues, de qué hablamos cuando mencionamos a Vittorio De Montecello.
La descarnada pluma de Vittorio, conocido también como Il Bocinguero, se centró en la figura intocable que desde la Roma de los Césares permaneció impoluta a través de los siglos: la mamma.
Ya en su primera obra, Vittorio, también llamado Il Muco, dejó traslucir algunas aristas de lo que sería la base de su análisis filósofico: “Tutte le madri a me, passo dopo le palle.”

La cáustica certeza de su pensamiento fue levantada como estandarte en los alzamientos populares que protagonizaron los grupos nacionalistas italianos, que concluyó con la unificación del Reino de Italia a manos de Víctor Manuel II de Saboya, rey de Cerdeña y gobernador de la región del Piamonte.
Vittorio, Il bambino di fango, formó parte de la avanzada del Conde di Cavour para la incorporación de Roma al reino y fue artífice del movimiento Tutti i Azurro, luego denominado Sollevazione que consolidó en las calles el poder monárquico.

Vittorio no sólo se destacó como filósofo y literato; en sus "Le Previsiones per gilada", supo adelantarse más de cuarenta años a la aparición del Duce en el panorama político italiano y dejó asentados vaticinios que hasta hoy sorprenden por la exactitud y precisión:

“Difensori della Italia: Non fidarti di testa di Zidane”
“Puttane finale con il governo dei suoi figli”
“Catenaccio se, Tiki Tiki è fangulo”
“Nero è arrivato alla Casa Bianca che l'altro giorno nero diventa bianco”

Sin embargo, para quienes abrazamos la obra de Vittorio, también llamado Il Opi, la batalla suprema fue la que supo dar contra la institución del Matriarcado. Nadie jamás se había atrevido a tanto.
Decía Vittorio que la Madre es el principio de todas las cosas y como tal, el punto inicial de lo malo y de lo bueno. Ante ello, sostenía, caben dos posturas: si la humanidad tiene más de bueno que de malo, la Madre merece nuestra reverencia. Si por el contrario, la humanidad está signada por el egoísmo y el estiércol espiritual, la Madre merece el infierno eterno.

Il Fiore, como también lo llamaban sus discípulos, supo golpear con altura y calidad, en los cimientos de la Madre como figura emblemática no sólo de la europeidad moderna, sino permítaseme agregar, de la humanidad toda.
“La Madre, - se explayaba Vittorio en la traducción que nos legó Alberto Campos Larreta-, es un mal evitable. La humanidad debe tender a reducirla al papel de una probeta en la que la naturaleza combine sus fluidos para que la especie perdure en el tiempo.”
Lo controversial de sus escritos no está en discusión, y el punto cumbre de su osadía fue la célebre carta a Charles Darwin que el naturista publicó a modo de prólogo en su obra "El poder del movimiento en las plantas."

Vittorio De Montecello no pudo vivir para ver triunfar sus postulados; ni aún viviendo hasta la actualidad lo hubiera logrado, pero confiamos en que el tiempo todo lo puede y nunca estará dicha la última palabra.
Sobre el papel lastimoso que da a las madres en la historia humana, supo explayarse el profesor Lacan cuando en su dura réplica a los ortodoxos freudianos cita a Vittorio para demostrar su Teoría del Espejo:
“La Madre – había escrito Vittorio en su “Mamma mía, mamma mía, mamma mía figaró”-, es quien produce al neurótico, al inadaptado, al enfermo mental que no fue comprendido cuando lactante intentaba acercarse al seno materno.”
Lacan toma de la crítica visión de Vittorio hacia la Madre, la piedra basal de su señalamiento de ausencia o minimización del papel del padre en la teoría freudiana.

Vittorio ya lo había señalado, aunque no con tanta agudeza en su famosa disertación en Bologna que tituló “I genitori sono merda” y que causó en la comunidad una agitación casi sin precedentes.

Vittorio De Montecello también se destacó como poeta. En los tiempos aciagos de la lucha unificadora, supo escribir:

“Amo la carne dei vostri fianchi
e il terreno vergine della mia Italia
meo e quando sulla terra vedo
la polvere sotto i miei piedi bagnati”.

Negado en todas sus facetas creativas y desconocido por los críticos y el populacho, se entregó a la bebida y deambuló atormentado por el fantasma de su madre durante los últimos años de su existencia. Poco antes de morir, abrazó nuevamente la fe cristiana y en sociedad con Donato Casasvellas abrió el Templo de los Divinos Testigos del Sangrado de la Cruz, con el que hizo rápida fortuna.

Vittorio De Montecello fue un destello vigoroso en la historia del conocimiento humano, injustamente silenciado y ocultado por sucesivas generaciones.
Desenterrarlo y mostrarlo al mundo es lo mínimo que podemos hacer quienes tuvimos la fortuna de abrevar en su obra y de formarnos bajo su influjo.

sábado 11 de julio de 2009

Ya no hay respeto.

Cuando era muy chiquito, empecé a ejercitar la sana costumbre de resistir.
Me resistía a comer, a bañarme, a estudiar, a hacer la germinación del poroto, a colorear un planisferio escribiendo en él los nombres de los continentes, los océanos y los principales mares, a saludar a la Tía Helena que baboseaba todo lo que tenía a menos de un metro de distancia, a no comer en la cama y a no abrir la heladera descalzo.
La rebeldía a todo lo que tuviera por delante fue la única causa por la que guardé una constancia a toda prueba y hasta hoy sostengo con legítimo orgullo.
Admito haber cometido innumerables arbitrariedades y alguna que otra injusticia, pero las asumo sin complejos, como parte de la esencia humana.
Una de las más dolorosas rebeldías que llevo en mi memoria fue cuando la abuela Amelia, de delicados 75 años me dijo con angustia: “Nene, alcanzame el aparato del oxígeno”.
-Momentito que yo no soy tu esclavo – le dije. Y sostuve mi declaración de independencia contra viento y marea.
La vida me privó de comprobar hasta donde hubiera llegado la abuela en su afán de dominarme si yo hubiera cedido aquella noche, que para ella fue la última.

La intensidad de aquella experiencia me llevó a ser más precavido ante esas pruebas que el destino nos pone por delante. Pocos meses después, en una noche que también guardo como uno de mis tesoros interiores, la historia pareció repetirse.

Cuando entré a casa después de una noche de festejos, vi a papá recostado en el patio del fondo. No me hubiera llamado la atención, si la escena no hubiera estado rodeada de otros hechos que la hacían particularmente extraña. El primero de estos detalles es que eran las cinco y cuarenta de la mañana de un viernes de julio en el que la temperatura era de aproximadamente cinco grados bajo cero. No obstante ello, reflexionando con sorprendente velocidad y una precoz madurez, comprendí de inmediato que las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados, y que ningún habitante de la Nación debe ser obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe.
Resolví por lo tanto, no interferir en el ejercicio de su derecho al libre albedrío, aún cuando el temblequeo de su pierna derecha y el hilo de sangre que corría bajo su cuerpo sembraron en mi mente algunas dudas.

¿Qué estaba buscando de mí, ese hombre?
Si su objetivo era inspirarme lástima; ya lo había intentado antes, con aquel infarto.
Aquella vez, aprovechándose de una época de mi vida en la que estaba bajo los nocivos influjos de la doctrina del Concilio Vaticano Segundo, consiguió que le prometiera en su lecho de terapia intensiva del Hospital Finochietto, que no volvería a beber hasta que fuera mayor de edad, o por lo menos hasta cumplir los doce años.
Pero esta vez, ya no iba a serle tan fácil.
Me acerqué al cuerpo que se retorcía sobre las baldosas húmedas del rocío y moviendo la punta de mis zapatillas hacia arriba y hacia abajo, encendí un Parissiens.
-¿Otra vez tomando José? – deslicé en voz baja, como para comprobar hasta donde iba la cosa.
Me pareció escuchar una puteada, pero era improbable. Papá nunca había puteado... hasta ese día.
Me agaché para tratar de que nuestras miradas se cruzaran, pero el había entrado en una convulsión que duró varios segundos, lo que me hizo replantear el panorama durante breves segundos.
Finalmente, mi espíritu indomable pudo más, y prevaleció ese afán de resistencia a cuanta autoridad se pusiera delante, más aún si ella provenía de esa institución funesta y represora como es el autoritarismo paterno en la tradicional familia occidental y cristiana.

-Si esto lo hacés para que me presente a dar física de cuarto en diciembre, vas por mal camino – le dije- No pienso estudiar para darle el gusto a esa vieja resentida.

Lo miré midiendo sus reacciones; el temblor había cesado y un quejido lastimoso salió de sus entrañas siriolibanesas. Giré sobre mis talones y me fui a dormir.

Papá murió la madrugada siguiente, después de agonizar durante varias horas en la misma sala de terapia intensiva donde me encuentro ahora, rodeado de cables, atadas las manos y las piernas contra el frió metal que sostiene mis huesos. Ayer intenté pinchar el cable de Multicanal que pasa a metros de la terraza pero la vieja escalera de madera podrida no resistió y terminé en la vereda con la cabeza rota.
Allí estuve por varios interminables minutos bajo la llovizna helada de la madrugada rogando porque alguien pasara y me ayudara.
Quiso la suerte, que Camilo, mi primogénito amado, llegara con su grupo de amiguitos. Escuché sus risas a la distancia y mi corazón empezó a acelerarse ante la proximidad de la mano salvadora. Los pasos se fueron acercando y las voces ya no dejaban dudas.

- ¿Je, qué pasa guachín, te pintó el suicida? Aguantá que ahora te llamo al nueve once- mandó, y siguió su camino como si nada, con su banda de amigotes, entre gritos y risotadas.

Pendejos de mierda! Se creen pulentas...
Ya no hay respeto...

miércoles 24 de junio de 2009

Hijos del agua

Vaya uno a saber por qué misteriosa razón, el punto de partida de nuestro árbol genealógico se ha instalado en el mono.
El mono es elevado al altar de primer antepasado, como si hubiera llegado de Venus o si los anteriores miembros de la cadena evolutiva no acreditasen merecimientos suficientes para una mínima mención.
¿Y antes del mono qué?
¿Hubiera habido mono sin batracios, sin reptiles, sin medusas?
No hubiera habido monos sin árboles...
Quién sabe...
Deberíamos intentar al menos, ser un tanto más justos en la evaluación de los méritos de quienes nos precedieron. No digo llegar hasta el Big Bang, porque ya sería una desmesura de antepasado al que sería incómodo incluso homenajear, y el debate entre creacionistas y evolucionistas limitaría más aún de lo que ya lo ha hecho, el agasajo intergeneracional; pero al menos, ampliar nuestra mirada hasta un poco más allá de lo inmediato.
Mi modesta propuesta es llegar hasta el agua. Enaltecerla como tal, ya que hay un consenso considerable en la comunidad científica en consagrarla como madre primera de la vida en la Tierra, y hasta tanto se demuestre lo contrario, darle el espacio que merece, en nuestra educación escolar, en nuestra cartelería cotidiana y en nuestro árbol genealógico común.
El agua, adorada en sus diferentes formas por las civilizaciones más remotas, deja su huella indeleble en cualquier cadena de ADN que responda a patrones característicos de la especie humana, porque nada es posible sin el agua.
Pensaba en esto justamente hoy, domingo 21 de junio, Día del padre, cuando lavaba mi cara de recién levantado y mostraba mis dientes al espejo.
Llegué a tales profundidades reflexivas, cuando observé que el caño del agua caliente del bidet seguía perdiendo. No era ya el goteo habitual que supe resolver en su momento, colocando debajo un envase plástico de Coca Cola Light cortado por la mitad. El agua, con su paciencia milenaria, había atravesado lentamente las paredes de Poxilina que provisoriamente tuve el buen tino de levantar unos meses atrás, horadando implacable el masacote que amasado como una pasta endureció como metal.

¡Ingenuo de mi, que quise detener lo indetenible!

El agua no puede ser contenida, me dije. Incluso para las grandes obras arquitectónicas que hoy se levantan como monumentales símbolos del triunfo del hombre sobre la naturaleza, embalsando, acanalando, conteniendo, será sólo una cuestión de tiempo el derrumbe estrepitoso, la corrosión paulatina y permanente, la infiltración invisible y masiva desde todos los puntos posibles.
El agua; esa explosión inmemorial de hidrógeno y oxígeno sabiamente combinados, ese llanto del cielo al que aztecas y egipcios, mayas y babilonios, incas y fenicios, comechingones y cartagineses, supieron adorar y reverenciar a través de los siglos, hoy llega a mi, nada menos, rebotando entre cerámicas San Lorenzo grises, zócalos al tono y sanitarios Ferrum.
Todo esto fue lo que le dije a la bella mujer con la que comparto mis días, cuando preguntó con esa mezcla de abatimiento y odio que es característica en ella al formular determinados interrogantes:

- Pablo... ¡¡¡¿Cuándo vas a arreglar este bidet de mierda que está perdiendo desde Febrero?!!!

La miré, bajé el rostro con lástima y con voz baja pero firme contesté:

- Lo esencial es invisible a los ojos.

Ella es médica pobrecita...
Así estamos...

domingo 3 de mayo de 2009

El Trabajo y el hombre.

"Me matan si no trabajo
y si trabajo me matan
siempre me matan me matan
ay siempre me matan"
(DanielViglietti)

Entre las verdades absolutas con que nos van alimentando desde chicos, no por casualidad tienen un papel preponderante, aquellas relacionadas con nuestro rol en el sistema socio-económico del que formamos parte.

“El trabajo es salud” y “el trabajo dignifica” son dos axiomas para los cuales parece no haber contestación posible. Sin embargo, humildemente, me permito alzar la mano y expresar con todo respeto mi absoluto rechazo a semejantes arbitrariedades.

Desde que tengo memoria, mi aversión por el trabajo jamás me abandonó. Mi actitud ante cualquier tipo de esfuerzo que no tuviera que ver con el deporte, fue siempre de heroica resistencia, cuando no de desesperada huída. Recuerdo con orgullo, la intuición que tuve casi desde la cuna para estar en el lugar preciso y el momento indicado para esquivar el bulto ante cualquier posible labor, por mínima que fuera.

Esta defensa socrática del derecho al ocio, que he practicado desde siempre, ha sufrido sin embargo una muy interesante variación en cuanto a su sostén ideológico, que me ha permitido ejercer una defensa legítima y consecuente contra los distintos detractores que la vida me ha puesto por delante.

La pluma de grandes pensadores de la talla de José Hernández, Bakunín, Darwin, Dante Quinterno, Chice Gelblung, Karl Marx, Héctor Bambino Vieyra, han alimentado los fundamentos ideológicos de una postura que se ha ido radicalizando con el tiempo.
Podrán decir, y de hecho varios me lo han dicho, que mis interpretaciones de algunos autores son antojadizas, parciales y arbitrarias. Por supuesto que si. No más antojadizas, parciales y arbitrarias que tantas otras interpretaciones que suelen hacerse de Marx, Cristo, el Che Guevara o Polino.

Lo primero que debe decirse es que el trabajo cansa.
Toda actividad, independientemente de las proporciones, insume un desgaste físico y emocional que consume el oxígeno de nuestras células y deteriora el estado general de nuestro organismo.
Podemos aceptar, como proponía Engels, que el papel del trabajo ha jugado un rol fundamental en la transformación del mono en hombre, pero convengamos que ya han pasado algunos años desde entonces.
Hoy, ese proceso de transformación ya está lo bastante avanzado como para que confiemos en que es irreversible, o por lo menos, en que de haber involución, no la veremos nosotros, ni nuestros nietos, ni ser humano alguno.
También la incorporación de la carne como alimento, aseguran los científicos, fue vital para que el cerebro de los homos fuera robusteciendo su capacidad productiva, pero ahora que el cerebro ya creció, podemos hacernos vegetarianos sin que nuestras aptitudes intelectuales decaigan: miren sino a Nacha Guevara, o a Silvia Pérez, que si bien no son Einstein, tampoco son mucho menos que otros humanos consumidores de carne como Lita de Lazzari o Guido Suller.
Por lo tanto, podemos descartar esos primeros argumentos, con la contundencia de una verdad probada.

De la misma manera podemos resistir las estridentes formulaciones morales que equiparaban al trabajo con la dignidad. No todo trabajo es digno.
Analicemos algunos, para tratar de verificar esta afirmación.
De La Rúa presidente, Baby Etchecopar periodista-conductor, Hernán Fredes futbolista profesional, Oggi Junco (¿¿??), Mariano Martínez actor, Gerardo Martínez albañil... Podríamos agregar, incluso, otros trabajadores menos conocidos pero igualmente indignos, como el policía de tránsito que nos para para sacarnos diez mangos a cambio de no hacernos perder tiempo, el empleado bancario que trata a los viejos que apenas pueden mantenerse en pie como si fueran ganado o el productor agropecuario que cuida la soja envenenando a peones y pobladores.
Son interminables los ejemplos de trabajadores que no acreditan dignidad, aún a pesar de ser parte del privilegiado grupo de la población que trabaja.
Por tanto, otro de los lemas de los defensores del trabajo, cae por su propio peso.

Continuamos desmitificando otra mentira, tan antigua como cruel: el trabajo es salud.
Preguntemos a los habitantes de esta América conquistada por el imperio español que murieron de a miles en las minas de Potosí o a sus colegas más contemporáneos de Río Turbio; a los empleados de la central atómica de Chernóbil; a los obreros de La Forestal que caían como mosquitos aplastados en el desmonte del Chaco o a los productores de los programas de Chiche Gleblung o Gerardo Sofovich, que piensan al respecto. ¿El trabajo es salud? ¡ Las pelotas de Ubaldini !
Podrá ser saludable trabajar de barman en el crucero del amor, pero para muestras no basta un botón. Una cosa es ser violinista en la Sinfónica de Aalborg en Dinamarca y otra muy distinta es ser colectivero en Ingeniero Budge.

Sostengo por lo tanto, y no es este el momento de profundizar demasiado, que el trabajo es el gran mal que aqueja a la humanidad.
No hubo nada en la historia de nuestra especie, que haya sido causante de la cantidad de muertes que ha causado el trabajo. Puede decirse, con total justicia, que determinados trabajos han contribuido a prolongar la vida y a mejorar su calidad, pero entonces seamos equilibrados: ni tanto ni tan poco. Hay trabajos necesarios y trabajos que bien pueden dejarse para más adelante. En todo caso, como bien decía mi abuela, ahora tomemos unos mates, y después vemos lo que hay que hacer.

Yo respeto su vocación por el trabajo, usted respete la mía por la comodidad absoluta, permanente e irrevocable. En definitiva, de lo que se trata, es de buscar un lugar en el mundo: Federico Luppi lo encontraba sembrando maíz, y otros elegimos mirar Betis-Salamanca desde el sillón, control remoto al lado y Vermú con papas fritas, como decía Tato.

Si usted quiere, trabaje; pero a mi, por favor, no me rompa las pelotas.

viernes 17 de abril de 2009

Feisbuk

Uno es los amigos que tiene.

Ese es el tesoro que acumulamos a lo largo de la vida, el mayor y el más valioso, al que defendemos con orgullo hasta el último día que pisamos el mundo.

Y si... porque con los hijos uno es demasiado subjetivo, el orgullo ahí es un poco forzado, ¿vió?
Uno puede tener un tremendo pelotudazo, pero al fin y al cabo es sangre propia, es el legado que le dejamos al mundo y salió como salió... Uno hizo lo mejor que pudo, pero qué se le va a hacer...
Hay que estar orgulloso de los hijos, porque para eso están, para orgullo nuestro y de quienes nos rodean. Mirá sino cuando en cada cumpleaños viene la tía Hilda y le retuerce los cachetes mientras le chupetea la piel de arriba abajo gritando – ¡No lo puedo creeeeeeeeeeer ! ¡Es mi sobriiinooo ! ¡Noooooooo! Venga con la tía mi chupetincito de algodón, que la tía lo tuvo en brazos cuando pesaba tres kilos setecientos...-
Y así será por los años de los años, hasta que a la tía Hilda el Alzheimer le haga confundir al sobrinito con el Papa Benedicto XVI y le pida que le bendiga las enaguas.

Bueno, pero decía entonces, que orgullo verdadero, orgullo de posta, orgullo sin lazos condicionantes de ninguna especie, es el que siento por mis amigos. Porque serán lo que serán, pero son de fierro.
Serán borrachos, drogados consuetudinarios o mormones conversos, charlatanes insoportables o resentidos sociales, provocadores, fanfarrones o melancólicos incurables, pero son mis amigos, ¿Y qué? Con ellos se va hasta el fondo del océano o al desierto de Gobi sin preguntar por qué. Si hay que ir, se va, y todo lo demás, al carajo.

Será por esa valoración que cuando Facebook me muestra el cosito ese que dice AÑADIR AMIGOS me da como una cosa, como una desconfianza, ¿no?.
Está bien, igual, acepto la licencia del término porque sino sería engorroso buscar definiciones acordes al vinculo real, porque además es cierto que si acepto un “amigo” lo hago porque me agrada vincularme con él. No necesariamente seremos AMIGOS en la vida, pero bueno, podemos tener una relación de onda, digamos para que el espectro social sea un poco más amplio que el que nos permite el tiempo real y el espacio geográfico. O sea, internet nos corre algunos límites hasta extremos insospechados, y eso no está mal si se lo usa con sentido común.

Ahora... No nos vayamos de mambo...

Y si, viste... porque yo soy tu amigo, pero tampoco me vengas con que te hiciste admirador de los pepinos con dulce de leche o que te uniste al grupo “Yo le toque los huevos a Pipo Pescador en el estudio mayor de ATC.” No, todo tiene un límite, yo quiero ser tu amigo, pero a mi no me jodas con esas cosas...
“Juancito Pérez es admirador de ‘mientras me ducho me como un Paty’”. ¿Que admirás qué? ¡Pará! Todo bien, pero la boludez tiene un límite, ¿Cómo hacés para admirar que mientras te duchás te comés un Paty? Si querés admirá a Ghandi, a Lennon, a Neruda, a Alí Mehmet Agca, a Ben Laden, pero no me vengas con que admirás mientras me ducho me como un Paty. ¡NO! Definiticamente no.

De todas formas, no digo que esté mal ser misericordiosos ante situaciones como éstas, propias del exceso de pasión que ponen algunos en mostrar sus tesoros interiores. Es preferible esto que revolver la mierda propia con las manos y pintar con ella las paredes, síntoma característico que tan bien han descripto y analizado desde Freud y sus primeros discípulos hasta los más contemporáneos Bucay, Rolón o Chiche Gelblung. Pero si sos boludo, disimulá.

Es que facebook vendría a ser, en realidad un gigantesco Gran Hermano en el que todos participamos, mostrándonos naturalmente, colgando fotos de nuestros momentos más íntimos y personales para que otros puedan comentar sobre lo que nosotros hicimos.
“¿Qué estás haciendo?” te pregunta Facebook. Porque esa es la pregunta que quieren hacerte los que miran tu perfil. Quieren saber todo porque vos pertenecés a este mundo y nada de lo tuyo les es ajeno.

Con el tiempo uno baja las expectativas, el “¿Qué estás haciendo?” se va transformando en un acompañante permanente al que uno le da bola o no, pero su caracter intimidante sigue allí las 24 horas, es como el ojo de Gran Hermano que no deja de mirarte.
Difícilmente haya un “Me estoy enfiestando con el hombre que vino a arreglar el cable y sus tres ayudantes”. No, las respuestas suelen ser menos atractivas.
Puede ser también que mis amistades sean más discretas que el ser humano-facebook promedio, o que tengan una menor actividad sexual, o gustos más tradicionales, pero lo cierto es que ese tipo de respuestas no suelen verse en el “¿Qué estás haciendo?”.
Entonces, uno va bajando las expectativas por las respuestas y se conforma con cosas menos excitantes: “Estoy podando el helecho”, “Estoy por sacar a pasear a mi gata Pelusa”, “Estoy pensando de qué color pintar el cuarto de la nena”, y ese tipo de pelotudeces.

La cuestión es contarle a mi universo-facebook qué estoy haciendo, para que todos sepan que yo estoy viviendo de manera casi permanente, que yo existo carajo, y quiero contarlo.
Aunque no lo veamos, el sol siempre está, cantábamos hace unos años. Hoy la frase ha cambiado como cambió el mundo. Al sol ya me lo paso por las pelotas, ahora el que siempre está soy yo. Es la victoria del individuo por sobre el cosmos, del perfil en el que YO cuento lo que estoy haciendo sobre la declamación de que hay un universo que está por encima de todos nosotros.
Lo que YO hago, importa más que El Resto (tango de Aroldi).

Dentro de este panorama, el “yo admiro a” o el “pertenezco al grupo tal” es por lo menos un grito de convocatoria colectiva: “Uno de tus amigos admira sacarse los mocos en el semáforo” y ahí va nuestro click en el “Hazte admirador” porque, mirá vos, a mi me pasa lo mismo. O el interminable desafío de quién es más vivo: “A que encuentro en Facebook cien mil hinchas del Steau de Bucarest que piensen que los de Inter de Porto Alegre son menos amargos que los de Argentino de Quilmes”, y sus respuestas, también interminables: “A que encuentro en Facebook Doscientos mil hinchas de Argentino de Quilmes que les chupa un huevo los que son del grupo de a que encuentro en Facebook cien mil hinchas del Steau de Bucarest que piensen que los de Inter de Porto Alegre son menos amargos que los de Argentino de Quilmes”
Y así la multiplicación de los grupos, como aquella de los peces y panes con la que nos han engañado desde chiquitos....

En fin, a mi dejame el Facebook, que ya trajo de vuelta a casa a entrañables amigos a quienes no veía desde hace años y de quienes no sabía un carajo y con los que pude comer un maravilloso asado que hasta hace poquitos días jamás hubiera imaginado.

O aquellos con quienes nunca fuimos tan amigos pero de los que siempre quise saber qué habrá sido de sus vidas, porque teníamos buena onda, porque eran buena gente o por compartir momentos que serán eternamente inolvidables.
Pero no me pelotudeés. No me vengas con la exacerbación de las relaciones virtuales porque eso conmigo no va: yo quiero abrazarte, tomar un vino y cagarme de risa mirándote la cara, decirte que te quiero mucho saboreando cada palabra, degustando la amistad como un malbec o un torrontés salteño, sintiendo los tonos frutados y las notas de ciruela y cabra en celo (las papilas de los enólogos siempre me parecieron sorprendentes), quiero quedarme hablando de nuestros hijos y de la joda que le hicimos en tercero a la de música hasta las cinco de la mañana, y de que se murieron tu vieja y la mía y de que a Racing le dicen Martín Karadajián, así, sin que medie el “otro tema” de Santo Biasatti, sin tandas en el medio para cambiar de clima, así como es la vida, simple, despiadada y única.

Y entonces es ahí cuando Facebook se puede ir bien a la mierda.





La venganza es ahora.

Durante más de veinte años planeé la venganza.
Aquel sombrío viernes 14 de octubre me fui caminando como siempre, hacia la calle España. A diferencia de otros mediodías, salí por la puerta de la primaria, pasé por el frente de Dami Comer sin saludar al gordo y apuré el tranco por Belgrano sintiendo los pasos tras mi espalda.

Sabía que Gatti y la Insausti, pero sobre todo Lidia Sande, no se iban a conformar con la expulsión; intentarían eliminarme definitivamente, para asegurarse una victoria definitiva, una paz duradera.
Sentía el peligro, lo olfateaba, sabía que fuerzas poderosas se movían a mi alrededor y que mi vida no valía ni dos centavos.
Semblanteaba las ventanillas de los autos que pasaban, esperando que en cualquier momento se bajen los matones a acabarme, observaba nerviosamente ventanas y balcones, sospechando que los asesinos de Kennedy, los verdaderos, estarían ahora tras mis huellas para acabar de una vez con esta historia.

Después de desviar varias veces de ruta y de tomar varios colectivos en distintos sentidos para desorientarlos, decidí arriesgar el todo por el todo y bajarme en Salta y De la Serna, aún a costa de que los sicarios, que sin duda conocían mi dirección, me acribillaran sin contemplaciones apenas bajara un pie del estribo del Dos noventa y cinco. A pesar de todo, el instinto de supervivencia pudo más y bajé dos paradas antes, para, después de un rodeo por Carabelas, llegar a casa por el oeste.

Papá estaba trabajando, lo que me ahorró un par de mentiras; preparé mis pocas cosas y me despedí de mamá con un beso en la frente, decidido a huir sin rumbo. No era un novato. Durante años había seguido las andanzas del Doctor Richard Kimble, acusado de un crimen que no cometió, en las trasnoches de Julio Lagos en Canal trece al término de Los Invasores. Las habilidades de El Fugitivo y sus tretas para escapar sin dejar rastros no tenían secretos para mí. Así como en otros tiempos iba a poder repetir sin fallar ni una coma los diálogos de la familia Corleone, en aquella época podía ponerme en la piel de David Janssen sin equivocar un sólo paso. Años después, Harrison Ford intentaría lo mismo, sin demasiado éxito.

A partir de ese día, decidí dedicar el resto de mis horas a ejecutar la venganza.

Primero pensé en matarlos a todos, pero el año Ochenta y tres conspiraba contra esa idea. Alfonsín recitaba el preámbulo mientras Herminio quemaba cajones, y temí que asesinar al cuerpo directivo íntegro de una escuela del prestigio del ENSPA desacreditara al Partido Comunista al que yo pertenecía, lo que sería un gran desprestigio para el ilustre candidato Ítalo Argentino Luder, un acérrimo anticomunista a quien el Partido Comunista apoyaba con sincero entusiasmo.

Desestimé el plan del asesinato y empecé a planear los atentados, pero tiempo después la idea dejó de parecerme una alternativa. Con Guglielminetti (ex agente de la SIDE de la dictadura) en el staff presidencial, Aníbal Gordon y el Coti Nosiglia en los primeros planos, me pareció una idea poco seria. Nadie iba a querer ayudarme en un secuestro, pudiendo estar en una banda más segura, con sueldos del estado, aportes jubilatorios, obra social y vacaciones.

Ahora, más de veinticinco años después, analizo autocríticamente que jamás pensé en la variante de estrellar un par de aviones contra el edificio, lo que hubiera sido efecivo, aún a costa de algunos daños colaterales inevitables. Las gemelas estaban intactas en aquellos años, las Fabbro digo, Clarita de Historia e Hilda de Biología, que desde sus voces acuosas reinaban sobre los estrados. Algunos años más tarde se derrumbarían como merengue al sol, las torres digo.

Fue entonces que se me ocurrió lo de los secuestros. Los atraparía uno por uno y los iría apilando en la casa de Peco en Costa del Este. El balneario era un desierto en esos años. Ya lo había conocido el último verano cuando fuimos de visita con el negro Florentín y Darío Castro y era el lugar ideal para guardar a la gente durante los meses de invierno; no sólo a directivos y preceptores, también caerían Neves de matemática, Irma Roig de Geografía, los profes de gimnasia Pepe Torres y los Dal Lago, Caloia de Biología, Ms Vananti de Buotto, la tía Quiroz de Castellano, Biglieri de Formación Cívica y Geografía, etc, etc, etc. Sólo quedarían afuera el compañero “Poca Vida” Martínez por su compromiso con la causa popular y antiimperialista, Olga Spirde, de Física, que me pasó un piadoso e increíble Nueve de promedio cuando caí en el Canadá en el revoleó de fin del Ochenta y Tres y Corchito Magdalena que no estaba en condiciones de soportar secuestro alguno y a la que consideraba inimputable.

Si, la casa de Peco en la costa era ideal. Después de aquel fin de semana que pasamos el último verano, nada de lo que pasara allí sorprendería al vecindario. Me asustaba un poco la idea de atravesar las camineras, pero eso se arreglaba con un par de billetes.

Aprobado el plan, sólo faltaba el visto bueno de Peco, que nunca llegó. Cuando le conté los detalles y le pregunté su opinión era marzo del año Ochenta y cuatro. Peco permaneció callado un instante, que se fue prolongando a través de los meses. Esos silencios eran habituales en él, por lo que no me pareció prudente presionarlo. Hacia mitad del ochenta y seis, poco antes del mundial, discutimos sobre si el tiular de la Selección Argentina tenía que ser Maradona, como pensaba él, o Bochini, como sostenía yo. Allí dejamos de vernos con la frecuencia con que lo hacíamos hasta entonces y decidí abortar el plan.

Los siguientes dos años de mi vida los dediqué a la reflexión: Sócrates me había deslumbrado algunos años antes. Tenía un póster suyo en mi pieza abrazado a Junior y Zico en ese increíble Brasil del mundial Ochenta y dos, aunque Paolo Rossi llevó a Italia a la Copa y lo dejó sin la gloria que merecía.

Entrando en los Noventa, con Menem en la Rosada, me convencí de que nada era imposible, sólo bastaba proponérselo y dejar de lado ciertos escrúpulos indeseables.
Se podía perfectamente ser estratega de Bunge & Born y ministro de economía de un gobierno peronista. Se podía ser parte del gobierno nacional y popular a pesar de llamarse Alsogaray. Se podían privatizar las empresas que nacionalizó Perón y ser aclamado en las reuniones de la CGT. Si Vandor y Rucci lo hubieran visto, señora...
Todo era posible: Gostanian hacía billetes en joda, Alderete se encargaba de los jubilados haciendo honor a su apellido, gobierno le vendía armas a Croacia y Ecuador y para que no se descubriera el faltante la Fábrica Militar de Río Tercero volaba por al aire con pueblo y todo... Ma si... nada es imposible mamá...

Tomé entonces la decisión definitiva, la más cruel y penosa de las decisiones, pero la que llevaría a saciar mi sed de sangre.

El rigoroso autoanálisis al que me sometí, pronto daría sus frutos. La venganza es un manjar que se saborea lentamente, pensé. Comprendí que los procesos no deben acelerarse cuando en unas navidades acorté la mecha de una bengala y estalló en la cara de papá. A partir de ese día, dejaron de decirle El Turco y nació el apodo con que se lo conoce hasta hoy: Niki Lauda.

Decía que por esos días, mi venganza comenzó a tomar forma definitiva y se fue concretando paso a paso: conocí a una gran mujer con la que unimos nuestras vidas; nacieron Ana Clara en el Noventa y cinco y Camilo Ernesto en el Dos mil. Los fuimos criando en silencio, con la pacienca de la araña y la seguridad de quienes tienen una causa a la que consagrar la vida. Hasta que el día llegó.

Ese lunes de Marzo del Dos mil seis, cuando los vi entrar juntos con sus guardapolvos blancos por la misma puerta que yo atravesé en sentido contrario el catorce de octubre de Mil novecientos ochenta y tres, pude sentir que la justicia comenzaba a llegar. Lenta, pero inevitable.

Ahí los tienen ahora las hermanas Otero, que aún siendo inocentes, observarán el escarmiento como testigos privilegiadas. Ana Clara y Camilo Ernesto ya han llegado a su lugar, al momento que la historia les tiene reservados, en el nombre del padre, preparándose lentamente para cuando suene la hora del asalto final; el Día D, en el que el sagrado legado de la sangre los llame a cumplir la misión para la cual fueron creados.

Ellos no lo saben. Subestimaron mi odio. Creyeron que veintitantos años después, todo era pasado.

Décadas pasaron desde Hiroshima y Nagasaki hasta que capitales japoneses compraron el Empire State.
Largos decenios atravesó el hombre americano desde que San Martín quiso cagarle Quito a Simón Bolívar, hasta que el Deportivo Táchira, en una Copa Libertadores, le hizo un gol de arco a arco a Luis Islas, arquero de Independiente de Argentina.
Largo años después de haberles mandado al Doctor Bilardo a enseñar fútbol a su país, los colombianos dejaron sus cinco espinas clavadas en la frente del Coco Basile en la histórica paliza del Monumental.
Cientos de veces habrá escuchado “podá la parra, Conchita” el Dr Barreda, hasta decidir acabar de una buena vez con su mujer, su suegra y sus hijas a escopetazos.
La venganza nunca es buena, hiere el alma y le envenena, le decía el pelotudo del Chavo al magistral y sabio Don Ramón.

Pasará algún tiempo más, en el que preceptores, maestros, profesores y directivos, seguirán viendo en esos dos niños que aprenden en sus aulas, sendas palomitas blancas, cachorritos de limpia y fresca conciencia que alimentan su hambre de conocimientos entre las acogedoras y tradicionales paredes del Normal de Avellaneda.

Pero algún día... la verdad habrá de saberse. Ellos: mi Anita Clara y mi Camilito, cumplirán con el histórico deber para el cual fueron concebidos, criados, alimentados y educados. Asumirán con honor su misión en la vida, su razón de ser en este transcurrir en el tiempo que es el hombre y afrontarán, con orgullo el rol protagónico que el destino les ha reservado.

En cuanto a mi, nada he de decir que justifique o aclare mis acciones: LA HISTORIA ME ABSOLVERÁ.

jueves 26 de marzo de 2009

HIJOS !

Recuerdo como si fuera hoy, el día en que decidí que ya era tiempo de traer hijos a este mundo.

Fue el 24 de febrero de 1995, cuando solo en mi hogar, recostado frente al ventilador disfrutando de los tres goles del rojo a Argentinos Juniors en “Fútbol de Primera”, comprobé dolorosamente que si quería un vaso de Seven Up helada, tendría que levantarme y servírmelo yo.Fue un momento mágico, en el que algo hizo click en mi cerebro. Mientras cerraba la puerta de la heladera, la idea iba tomando forma definitiva. Allí comenzó a engendrarse verdaderamente Anita Clara., que nacería nueve meses y pocos días después.


Los primeros meses de vida, Ana no estuvo en condiciones de asumir el rol para el cual fue concebida, pero el esforzado adiestramiento que procuré brindarle, dio frutos rápidamente. Aún puedo sentir la emoción del primer día en el que al decirle - Ani, traele el diario a papi – fue gateando como el más dulce de los perritos hasta la silla de la cocina y se asomó a la puerta de la habitación con el Clarín en una de sus manitos. ¡Cuanta felicidad pueden darle los hijos a uno!


Tiempo después, logré perfeccionar la comunicación hasta construir una casi perfecta red de señas y sonidos en clave, que me permitían pedirle cualquier cosa realizando el mínimo esfuerzo, moviendo apenas los dedos o golpeando de determinada manera las palmas de las manos. Ella aprendió a la perfección, que dos palmadas era algo frío, tres palmadas cortas y una larga era alcanzarme el control remoto, dos cortas, una larga y otra corta un sandwich tostado de jamón y queso con tomate, pimienta y orégano y un poquito de mayonesa, y así...


Los problemas comenzaron a presentarse unos tres años después, cuando la madre de la niña empezó con los absurdos planteos de querer inscribir a mi chiquita en el jardín de infantes, lo que me dejaría durante cuatro horas diarias en absoluto estado de indefensión.Las mujeres tienen esas cosas, no te pueden ver cómodo, que ya empiezan a inventar cosas raras para complicar una existencia placentera.


¿Qué necesidad hay de llevar a una nena de tres o cuatro años a un jardín de infantes ?

Nadie pudo nunca, responder razonablemente esa pregunta.


Siempre sostuve que la escuela es un eslabón más, y no poco importante, de la maquinaria estupidizante y esclavizante de este sistema inhumano que nos toca sufrir y afirmo que el deber de un buen padre es combatir incansablemente contra las ridículas enseñanzas de la escuela en todos sus niveles. Ya que nuestros niños están obligados a ir a la escuela, que vayan lo menos posible y que sepan que lo aprendido es falso, tendencioso o directamente inventado.


Que sepan, por ejemplo, que si existió un Sargento Cabral que realmente salvó a un San Martín indefenso, dificilmente haya tenido la lucidez y la entereza, en medio del fragor de la batalla para decir “Muero contento hemos batido al enemigo”, y aún si las hubiera tenido, es más dificil todavía, que otro soldado se haya agachado a poner el oído en los labios del moribundo mientras realistas y criollos andaban bayoneta en mano clavando todo lo que se moviera.


Que sepan que viejo, enfermo, postrado por el reuma y asustado como estaba Galileo Galilei, suena muy extraño que haya osado decir “eppur si muove” a los jerarcas de la inquisición frente a los que se había disculpado segundos antes para salvar su vida. Si lo hubiera hecho, y alguien lo hubiera escuchado, seguramente no la iba a pasar muy bien, ya que en las salas inquisidoras de Roma, supongo, no se permitía el ingreso de la hinchada del reo.


Que sepan que hubo en esta patria un gran hijo de puta llamado Domingo Faustino Sarmiento que en su odio fanático a lo autóctono pidió “No ahorrar sangre de gauchos”, convencido, como Hitler décadas después, de la existencia de una “raza superior”. Curiosamente, para cerrar el círculo, el Jefe de gobierno Mauricio Macri, ordenó en el año 2008, cantar el Himno a Sarmiento en cuanto acto escolar haya.


Y tantas otras barbaridades por el estilo...


Aprender que multiplicando p por radio al cuadrado obtenemos la superficie del círculo, es por lo menos, bastante más sano para la formación mental, aunque a esas edades nos parezca más inútil que saber quién creó la bandera.


Volviendo al tema que nos convoca, cuando Ana Clara comenzó el jardín de infantes, todo empezó a cambiar. Comenzaron las contestaciones fuera de lugar y las excusas. Hubo veces en que a pesar de estar durante horas haciendo señas y gritando, nadie acudía a mi llamado y todo se fue transformando lenta e irreversiblemente en un infierno.


Dejé de ver TV, dejé de beber y de comer galletitas con queso untable en la cama, dejé de atender los teléfonos y de leer y entré en un pozo depresivo del que creí que jamás podría salir, hasta que comprendí que en la vida, no se puede bajar los brazos sin dar batalla hasta el final. Decidí ser fiel al legado de mis antepasados, elevarme sobre las ruinas de mis huesos y reconstruir sin prisa pero sin pausa, mi voluntad y espíritu de sacrificio.


Así fue entonces, que decidí tener a Camilo, que nacería nueve meses y pocos días despues...